Mi gato se llama Félix pero hasta hace un año no tenía nombre. Imagen1

Es gato grande, negro y con un gran  “dedo de Dios “, que es la mancha blanca que , en la Edad Media,  hacia librarse de la hoguera a los de su color.

Es gato maduro y mundano que ha vivido gran parte de su vida en la ciudad buscando en cubos de basura y peleando por perpetuarse. Tiene cicatrices de guerra  en la cara y su columna esta doblada por el calor y el frio , su estómago es reflejo de la dieta del callejón.

Félix es un gato  callejero que llegó a mi clínica medio muerto  por una paliza propinada por un grupo de cobardes. Gastó  varias vidas pero se recuperó. Buenas personas quisieron adoptarle pero no se adaptaba a la vida de ninguna casa. Por algún extraño motivo prefería vivir en la pequeña jaula que le servía de refugio.

Una noche, al irme a casa, empezó a maullar como solía hacer para reclamar mi presencia, me miró y se vino conmigo.

Hoy en día vive en mi casa, es decir, la suya. Cuida de mí y de mi familia de los peligros visibles e invisibles que por si no lo sabéis  es el oficio de los gatos y según me ha comentado en su lenguaje está contento con su vida.

Este es un cuento con final feliz, pero no siempre es así. Miles de mascotas que se compran en Navidad son abandonadas en verano todos los años  y como Félix se quedan sin nombre y lo que es peor, sin vida.